HUERTA GRANDE ... mi amor!!!

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viernes, 6 de noviembre de 2009

Más historias de Huerta


LOLI...


Los perros en Córdoba son parte de la población local. Están siempre sueltos, no están perdidos, saben donde están; descansando a la sombra de los árboles, mirando a los que pasan sabiendo quienes son. A la noche, cuando vuelven los caballos de paseo, empieza un dialogo entre los perros más próximos, a los que se van sumando los que están más lejos; Loli también forma parte de esos "coloquios nocturnos". Es una labrador con los ojos más dulces como jamás vi, en un cuerpo dorado como el sol y de una imponencia que da miedo, pero inmediatamente se acerca a uno con tanto cariño y con esa mirada tierna en los ojos, que te compra el alma. Tiene dueño, pero es de todos. Nos conoce y nos acompaña. Hace tres años que la conozco; nos vemos en enero, pero apenas llego sale corriendo a saludarme como si no hubiese pasado todo un año. Me acompaña en el desayuno y nos saludamos al irnos a dormir; está conmigo mientras cocino, leo o descanso abajo de los árboles. Por todo pago, lo único que pide son incansables cariñitos en la panza; parece mentira que semejante cuerpo pueda hacer contorsiones como si fuera un caniche-toy.
Acostumbra entrar a nuestra casa saltando por la ligustrina, pero su pancita prominente aveces le dificultaba el salto por lo cual, una noche la acompañé a la casa por la calle; cuando vuelvo a mi casa, la encuentro sentada en el pasto esperándome: fue como para morirme de amor.
Ella es el ejemplo de la lealtad en los perros. Contó su dueño, que vive en la casa de al lado, que una vez alguien trato de acercarse al auto de un turista que estaba ocupando la casita que usualmente alquilamos nosotros; ella apenas escuchó el ruido, saltó la ligustrina y corrió al desconocido, que al verla desapareció en un segundo. Puede dar tanto amor como temor. Creo que esa es la virtud de los perros: detectan instintivamente la bondad o la maldad.
Le gustan los chicos; durante la temporada acostumbra entrar a los hoteles, para jugar en la pileta con ellos.

Espero que esté bien; tengo muchas ganas de verla.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Imagenes del paraíso


Esta plaza está atrás de la Parroquia de Ntra.Sra.Del Carmen. Está tan limpia y cuidada como se ve en la foto. Una maravilla, con las Sierras Chicas de fondo qué más se puede pedir. Realmente un regalo de Dios.






Cielo nocturno en Huerta. La luna juega a las escondidas, atrás del pino y nos sonríe con todo su brillo.











Esta calle se llama Antártida Argentina, y es la que tomo para llegar al pueblo. Me acompaña en todo el trayecto la imponencia de la Sierra Chica. No puedo decir lo que siento cuando camino por estos lugares, porque no encuentro las palabras; esto solo se siente. Lo que puedo decir es que se siente tanta paz como se ve en la imagen.







Esta foto es de la zona de El Mirador. Desde acá se ven claramente las Sierras Chicas (como en la foto), subiendo un poco más y girando hacia la derecha, vemos el Cordón del Tala, a nuestros pies se desparrama el pueblo, que sube y baja, y la Iglesia de Ntra.Sra.del Carmen al fondo como siempre, cuidando a toda Huerta. Si seguimos el camino que se ve al fondo y nos vamos hacia la izquierda de la foto, y seguimos caminando por un ratito (no más de 5 minutos), llegamos a un mirador desde donde se puede ver Thea y Villa Giardino. La magia de las sierras... son muchos los pueblos pero el valle es uno... PUNILLA!!!

jueves, 29 de octubre de 2009

Una historia de Huerta

Ahora que empecé a hablar de la importancia fundamental que tiene el trabajar la tierra, hoy más que nunca, quiero hacer un homenaje muy especial.
En los veranos que pasamos en Huerta, mi mamá solía comprar la verdura que consumíamos, a una pareja de abuelos que vivían a pocas cuadras de nosotros, sobre la calle Cap. Mario Arruabarrena (para la gente de Huerta: a 100 metros aproximadamente del "Bar Huguito", Hostería en realidad)
Me atrapaba la presencia de esas "persona mayores"; me contagiaba el respeto que mi mamá sentía por ellos (yo podía sentirlo sin que ella me lo dijera). Me maravillaba ver a la abuela encorvada en la tierra, como saludándola en gratitud por los frutos que les prodigaba. Ambos trabajaban esta tierra fecunda; tenían las manos curtidas por la tierra y los años. Se los veía alegres, cargando todos esos años a cuestas, pero no cansados ni por las exigencias de la tierra ni por la edad. Hablaban despacio y casi murmurando, en un dialecto entre italiano y cordobés; el hombre caminaba sobre la tierra fresca con firmeza, siempre con una herramienta en las manos y una sonrisa en los labios. Se los notaba tan felices que les brillaban los ojos. Vivían en una casita humilde, con toda la majestuosidad de esa palabra, hoy tan devaluada.
Cuando me veo las manos llenas de arcilla, dando forma a una idea, me acuerdo de esas manos y me siento muy bien. De alguna manera, creo que es ese recuerdo que guardo en mi interior, lo que me llevó ahora finalmente a aprender a trabajar la tierra. Creo que ahora el círculo se cierra para mí.
Cuando volví a Huerta después de tantos años, me acordé de ellos y pensé en esa casita, cuando de pronto me dí cuenta que estaba parada frente a ella.
Obviamente ya no están los abuelos. La casa parece que no estuviera habitada; solo da cuenta de vida en ella, la ropa tendida en la soga. El pasto está verde y hermoso; invadió las terracitas que hicieron los abuelos para salvar el desnivel del suelo y poder sembrar. Hoy son manos jóvenes las que deambulan por esa casa porque hay juguetes diseminados por el terreno, pero la tierra ya no brinda sus frutos.
La tierra cómplice, encierra en sus entrañas el fruto del esfuerzo y trabajo de esas manos añosas. En definitiva, lo que la tierra guarda es el secreto de una vida buena.
Con su sola presencia formaron una parte de mi. Los llevo muy adentro, hoy mientras escribo esto puedo verlos saludándonos con ese cariño que tiene la gente con paz interior, los que son felices. Dicen que al final lo que cuenta de nuestra vida es si dejamos algo en el recuerdo de la gente o pasamos al olvido. Tal vez el mejor homenaje que les puedo hacer soy yo misma manteniéndolos vivos y siguiendo su ejemplo lo mejor que puedo.

jueves, 28 de mayo de 2009

HUERTA GRANDE




Uno no elige donde nacer (en mi caso: la ciudad de Buenos Aires), pero el corazón nos dice cuál es nuestro verdadero lugar en el mundo. Yo tuve la suerte de descubrirlo desde bebe, gracias a mis padres que eligieron este lugar como una muestras más de amor hacia mi hermana y hacia mí, aunque más no sea para pasar dos meses al año. Después de varios años, volví para nunca más separarme, más de lo que las obligaciones me imponen. Quiero compartirlo con quien quiera acercarse a este rincón, con todo el orgullo que siento por esta tierra, sin duda bendita por Dios. En pleno corazón del Valle de Punilla, en el corazón de la provincia de Córdoba y en el mío: HUERTA GRANDE. Un pueblo que se derrama entre dos cadenas de montañas, por donde se asoma y se esconde el sol. Todo el que necesite paz, y no se pueda hacer una escapada a este paraíso, disfrute de este momento.

1º foto: Mañana soleada en Huerta: imágen de la plaza a la izquierda desde la puerta de la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, con el Cordón de Los Talas al frente.
2º foto: Anochecer; el sol se esconde atrás del cordón de Los Talas.

viernes, 6 de febrero de 2009

UN PUEBLO DE ENSUEÑO




Eso es Huerta Grande.


La identidad de su zona céntrica la dan construcciones que datan de hace más de cien años, manteniendo las características arquitectónicas de la época colonial.


Es un lugar en el que sus hombres se reunen en la vereda del bar, tras el saludo al que pasa y espontáneamente se va sumando a esa charla fraternal. Da gusto verlos juntos mostrando tanta paz y buena camaradería. Demuestran que es posible regalarse un buen momento con amigos al día; que el día no está forzosamente hecho de corridas y trastornos; que para disfrutar de eso no hay que vender el alma al diablo.


Es un lugar en donde se puede ir por la calle saludando a los que pasan junto a nosotros, aunque no los conozcamos, solo porque los reconocemos como nuestros vecinos, teniendo en respuesta un saludo cordial y respetuoso, no la mirada desconfiada y culposa de la ciudad, que nos hace sentir vergüenza.


Es un lugar en donde nos damos cuenta que el país está todavía entero. Donde está la esencia del criollo, tal como yo lo sentía cuando iba con mi familia de chica. Preserva la nacionalidad, el regionalismo. Un poco más cerrada en sí misma, pero sin detrimento de su hermosura ni de su generosidad.


Para los que queremos recuperar nuestra identidad nacional de argentinos, para los que se quieren sentir respetados y bien atendidos, para los que quieren sentirse bien y entender porqué es imperioso respetar el medio ambiente y revertir de inmediato nuestros errores de conducta para no seguir afectándolo. Para todos nosotros, Huerta Grande es una excelente elección.

Foto: Imagen del Pueblo y las Sierras Chicas, tomada desde el barrio Los Altos.

Imágen de la derecha: logo de Huerta Grande, sacado del sitio oficial : http://www.huertagrande.gov.ar/